0 Los orígenes e historia de la conciencia, Erich Neumann - La Gran Madre 2









La Gran Madre es una virgen,
también, en un sentido diferente al que le asigna el patriarcado, que
posteriormente la malinterpretó como símbolo de castidad. Precisamente en
virtud de su fecundidad ella es una virgen, esto es, no relacionada ni
dependiente de ningún hombre.[1] En sánscrito, “mujer
independiente” es sinónimo de ramera. De allí que una mujer que no esté unida a
un hombre no sólo sea un tipo femenino
universal sino también un tipo sagrado
en la antigüedad. En su independencia, la amazona no está unida a ningún hombre,
pero tampoco lo está la mujer que representa y que es responsable de la
fertilidad de la tierra. Ella es la madre de todo lo que ha nacido o esté por
nacer; pero sólo en un breve acceso de pasión, si acaso, ella arde por un
hombre, quien solamente es un medio para lograr un fin, el portador del falo.
Todos los cultos fálicos –todos solemnizados por las mujeres- inciden en el
mismo punto: el poder anónimo del agente fertilizante, el falo que se yergue
por sí mismo. El elemento humano, individual, es únicamente el portador –el
portador intercambiable y pasajero- de aquello que no muere y que no es
intercambiable porque es siempre el mismo falo.

En
consecuencia, la diosa de la fertilidad es a la misma vez madre y virgen, la
hetaira que no pertenece a ningún hombre pero que está lista para entregarse a
cualquiera de ellos. La diosa está allí para cualquiera que, como ella, esté al
servicio de la fertilidad. Al regresar a su vientre, él está a su servicio, la
sagrada representante del gran principio de la fertilidad. El “velo nupcial”
debe entenderse en este sentido, como símbolo de kedesha, la ramera.
Ella es “desconocida”, esto es, anónima. Ser “desvelada” significa estar
desnuda, pero ésta es sólo otra forma de anonimato. Siempre la diosa, lo
transpersonal, es el factor real y operativo.

La
encarnación personal de esta diosa, esto es, la mujer particular, carece de
importancia. Para el hombre ella es una kedesha, una santa (kadosh
= sagrado), la diosa que remueve las capas más profundas de su ser en la
sexualidad. Yoni y lingam, femenino y masculino, son dos principios que se
unifican en un nivel que trasciende a la persona, en santidad, donde lo
personal resulta ensombrecido y permanece insignificante.

Los jóvenes,
que personifican la primavera, pertenecen a la Gran Madre. Ellos son sus
esclavos, su propiedad, porque son los hijos que ella ha parido. En
consecuencia, los ministros y sacerdotes escogidos por la Diosa Madre son
eunucos. Ellos han sacrificado el objeto que para ella es de capital
importancia, el falo. Por ello, el fenómeno de la castración asociado con esta
etapa aparece aquí por primera vez en sentido propio, porque está relacionado
específicamente con el órgano genital. La amenaza de la castración hace su
aparición con la Gran Madre y es letal. Para ella, amar, morir y ser emasculado
son la misma cosa. Sólo los sacerdotes, por lo menos en épocas tardías,
escapaban de morir porque, al castrarse ellos mismos, voluntariamente se
sometían a una muerte simbólica en nombre de ella (ilustración 15).[2]

Una
característica esencial de esta etapa del Yo adolescente es que lo femenino,
bajo el aspecto de la Gran Madre, se experimenta como si produjera una
fascinación negativa. Dos elementos son especialmente comunes y muy marcados:
el primero es la naturaleza sangrienta y salvaje de la gran Diosa Madre, el
segundo es su poder como hechicera y bruja.

Adorada desde
Egipto hasta la India, desde Grecia y Asia Menor hasta la más oscura África, la
Gran madre siempre fue considerada como una diosa de la caza y la guerra; sus
ritos eran sangrientos, sus festivales orgiásticos. Todos estos elementos están
interconectados de manera esencial. Esta “capa sangrienta” que yace en lo más
profundo de la Madre Tierra contribuye a hacer más comprensible por qué los
jóvenes a quienes ella ama temen la castración.

El vientre de
la tierra clama por ser fertilizado, y los sacrificios de sangre y cadáveres
son sus alimentos preferidos. Éste es el aspecto terrible, el lado mortífero de
la personalidad de la tierra. En los primeros cultos de fertilidad, los
sangrientos fragmentos de la víctima sacrificada eran repartidos como preciosos
regalos y ofrecidos a la tierra para propiciar su fertilidad. Estos sacrificios
humanos por la fertilidad ocurrían en todos los lugares del mundo, de manera
independiente, en los ritos de América y en el Mediterráneo oriental, en Asia y
en el norte de Europa. Por todos lados la sangre desempeña un rol fundamental
en los rituales de fertilidad y en los sacrificios humanos. La gran ley
terrestre que afirma que no puede haber vida sin muerte fue comprendida muy
temprano, y mucho antes aún fue representada mediante el ritual para expresar
que el fortalecimiento de la vida sólo podía comprarse al precio del sacrificio
por la muerte. Pero la palabra “comprarse” es en realidad una posterior y
espuria racionalización. La matanza y el sacrificio, el desmembramiento y los
ofrecimientos de sangre, son garantías mágicas de la fertilidad de la tierra.
Entenderíamos erróneamente esos ritos si los llamáramos crueles. Para las
culturas ancestrales, e incluso para las víctimas mismas, la secuencia de
eventos era necesaria y evidente por sí misma.

El fenómeno
básico que yace detrás de la conexión de la mujer con la sangre y la fertilidad
es con toda probabilidad el cese de flujo menstrual durante el embarazo, por
cuyo medio, según la visión arcaica, el embrión era creado.[3] Esta conexión
intuitivamente percibida se extiende por debajo de la relación que existe entre
sangre y fertilidad. La sangre significa productividad y vida, al igual que el
derramamiento de sangre significa pérdida de vida y muerte. En consecuencia, el
derramamiento de sangre originalmente fue un acto sagrado, ya fuera que se
tratara de la sangre de una bestia salvaje, un animal doméstico o de un hombre.
La tierra necesita beber sangre si quiere ser fértil, y por lo tanto se le
ofrecen libaciones de sangre para incrementar su poder. Pero la señora de la
zona de sangre es la mujer. Ella posee la sangre mágica que hace florecer la
vida. De aquí que la misma diosa sea muy a menudo la señora de la fertilidad,
la guerra (ilustración 16) y la caza.

El carácter
ambivalente de la gran Madre Diosa, si no consideramos la India, se ve con
mayor claridad en Egipto, donde las grandes diosas –ya sea que se llamaran
Neith o Hathor, Bast o Mut- no sólo son diosas nutricias que proporcionan la
vida y le dan sustento, sino también diosas del salvajismo, de la sed de sangre
y la destrucción.

Neith, la
vaca celestial y primera parturienta, “la madre que cargó con el sol, que dio a
luz antes de que existiera el nacimiento”, y de quien Erman encuentra notable
que “en tiempos antiguos era especialmente adorada por las mujeres”[4], era una diosa de la guerra
y encabezaba la carga en las batallas. Esta misma Neith, invocada para que
arbitrara en la disputa sobre Horus, dice amenazadoramente: “O montaré en
cólera y los cielos caerán sobre la tierra”.[5]

De igual
modo, Hathor, la vaca y donadora de leche, es la madre. Ella, también, es la
madre del sol, es especialmente honrada por las mujeres, y es la diosa del amor
y el destino. La danza, el canto, el ruido de los címbalos, el traqueteo de los
collares y el golpeteo de los tamborines, pertenecen a sus festividades y dan
fe de su naturaleza provocativa y orgiástica. Ella es una diosa de la guerra, o
más bien la sedienta de sangre y frenética despojadora de la humanidad. “Así
como verdaderamente estás vivo, yo me he impuesto sobre los hombres, y todo
esto ha sucedido según mi voluntad”[6] ella dice, cuando emite un
juicio sobre los hombres. Tan embriagada de sangre se encontraba que los
dioses, para salvar a la raza humana de la destrucción total, tuvieron que
preparar gran cantidad de cerveza roja que ella finalmente confundió con
sangre. “Después ella se la bebió toda, y le supo bien, y regresó a casa ebria
y sin poseer a ningún hombre”.

Ella está
identificada con la amistosa diosa-gato Bast, quien en su aspecto terrible es
la diosa-león Sekhmet. De modo que no tiene por qué llamar la atención, tal
como afirma Kees,[7]
el hecho de que la adoración del león haya sido predominante a lo largo del
Alto Egipto. El léon es el símbolo más hermoso y más obvio del carácter
lacerante de la gran deidad femenina.

Sekhmet,
también, es la diosa de las batallas, quien arroja fuego. Bajo la forma de la
amistosa Bast, sus ritos son celebrados con música, danzas y el címbalo, pero
en su garra sostiene la cabeza de un león, “como para demostrar que su terrible
cabeza le queda igual de bien”.[8]

A la luz de
esta conexión debemos mencionar la leyenda de la diosa-león Tefnut, quien tiene
que ser llevada de vuelta a Egipto desde el desierto. Toth, el dios de la
sabiduría, asume esta tarea. Cuando él la reprende y le dice cuán desolado
quedó Egipto al haberlo abandonado debido a su rabia, ella comienza a llorar
“como un chaparrón”, pero repentinamente sus lágrimas se transforman en cólera
y ella se convierte en león. “Su melena humeaba con el fuego, su espalda tenía
el color de la sangre, su semblante resplandecía como el sol, sus ojos
brillaron con fuego”.[9]

Nuevament,
Ta-urt, un enorme monstruo embarazado erguido sobre sus patas traseras, cuyo
culto data de tiempos prehistóricos[10], está representado como un
hipopótamo con espalda de cocodrilo, patas de león y manos humanas (ilustración 17). Ella es la protectora
de las mujeres durante el parto, y de las madres en periodos de lactancia,
aunque su aspecto de Madre Terrible es evidente. Posteriormente, en tanto
Hesamut, se la correlacionó con la constelación de la Osa, cuyas
características maternales son bien conocidas.

La sangre
también desempeña un papel decisivo en los tabúes femeninos que, desde los
tiempos más remotos hasta las muy avanzadas culturas y religiones patriarcales,
han causado que los hombres se aparten de todos los asuntos femeninos como si
éstos fueran algo numinoso. La sangre de la menstruación, la defloración y el
nacimiento les prueba a los hombres que las mujeres poseen una conexión natural
con esta esfera. Pero en el trasfondo yace un oscuro conocimiento de la
afinidad de sangre con la Gran Madre quien, en tanto señora ctónica de la vida
y la muerte, demanda sangre y da la impresión de ser dependiente del
derramamiento de la misma.

Sabemos de
los tiempos prehistóricos el rol que desempeñaron los reyes divinos, quienes
tenían que suicidarse o ser muertos cuando sus poderes fallaban y ya no podían
garantizar personalmente la fertilidad. Este cuerpo de ritos, cuya
significación y amplia distribución ha sido descrito por Frazer, está dedicado
a la Gran Madre y sirven a su fertilidad. Si aún en la actualidad, en África, el
rey sagrado es el hacedor de lluvia, la lluvia y la vegetación a la misma vez[11], lo fue también desde el
comienzo de los tiempos en tanto hijo-amante de la Gran Madre. Frazer dice:



Hay razones para pensar que
en los primeros tiempos Adonis era en ocasiones personificado por un hombre
vivo que sufría una muerte violenta en representación del dios.[12]



Ésta es una
subestimación, ya que todo apunta al hecho de que en los tiempos antiguos una
víctima humana, ya fuera dios, rey o sacerdote, era siempre ofrecido en
sacrificio para asegurar la fertilidad de la tierra.

Originalmente
la víctima era el varón, el agente fertilizador, desde que la fertilización es
sólo posible mediante libaciones de sangre, que es donde reside la vida. La
tierra femenina necesita la sangre-semilla fertilizadora del varón.

Aquí, como en
ningún otro lado, podemos ver el significado de la deidad femenina. La
naturaleza emocional, pasional, de lo femenino librado a su suerte es una cosa
terrible para el hombre y su conciencia. El lado peligroso de la lascivia de la
mujer, aunque reprimido, malentendido y minimizado en los tiempos patriarcales,
aún constituía una experiencia viva en las épocas remotas. En lo profundo de
los estratos evolutivos del adolescente, el temor a ese lado todavía habita en
cada hombre y funciona como un veneno donde quiera que una falsa actitud de
conciencia reprima esta capa de realidad al inconsciente.

La mitología,
sin embargo, nos dice que el desenfreno y sed de sangre de la mujer están
subordinados a una ley natural superior, la de la fertilidad. El elemento
orgiástico no está presente sólo en los festivales sexuales, que son las
festividades de la fertilidad. Las mujeres también celebraron ritos orgiásticos
entre ellas. Estos ritos, a menudo conocidos por nosotros sólo gracias a los
misterios posteriores, en su mayoría giran en torno al desmembramiento
orgiástico del animal sagrado o de la deidad animal, cuyos sangrientas
porciones eran decoradas y cuya muertes servían a la fertilidad de la mujer y,
en consecuencia, a la de la tierra.

Muerte y
desmembramiento o castración son el destino del juvenil dios portador de falo.
Ambos temas son claramente visibles en el mito y el ritual, y ambos están
asociados con las orgías sangrientas en el culto a la Gran Madre. El desmembramiento
del cadáver del Rey de la Estación y el entierro de sus partes constituyen una
vieja muestra de magia de fertilidad. Pero sólo cuando veamos los disjecta
membra
como una unidad, podremos obtener el significado original. Lapreservación del falo y su embalsamamiento como garante de la fertilidad
constituyen el otro lado de este ritual. Ambos complementan a la castración, y
juntos conforman una totalidad simbólica.

Detrás del
arquetipo de la Gran Madre amenaza la experiencia de la muerte, cuando la
tierra se lleva consigo a su progenie muerta, y la divide y disuelve para
convertirse ella misma en fructífera. Esta experiencia ha sido preservada en
los ritos de la Madre Terrible, quien, en su proyección terrenal, se convierte
en la comedora de carne y finalmente en el sarcófago –el último vestigio de los
muy antiguos y largamente practicados cultos de fertilidad.

Castración,
muerte y desmembramiento, a este nivel son todos equivalentes. Los tres se
correlacionan con la descomposición de la vegetación, con la cosecha y la caída
de los árboles. Castración y caída de árboles, asociados muy de cerca en los
mitos, son simbólicamente idénticos. Ambos se encuentran en el mito de Atis de
la Cibeles frigia, en el mito de la Astarté siria y de la Artemisa efesia, y en
el cuento Bata del ciclo de Osiris. El significado de ciertos elementos
paralelos, esto es, el hecho de que Atis se autoemascule debajo de un pino, se
transforme en pino, sea colgado de un pino, y sea talado como un pino, no puede
ser elucidado aquí.

El sacrificio
sacerdotal del cabello es igualmente un símbolo de la emasculación, a igual
que, a la inversa, un cabello en extremo largo es tomado como un signo de
elevada virilidad. El sacrificio del cabello de los hombres es una antigua
señal de sacerdocio (ilustración 15),
desde la calvicie de los hierofantes egipcios a la tonsura de los sacerdotes
católicos y monjes budistas. A pesar de las grandes disparidades de los puntos
de vista religiosos, la ausencia de cabello siempre está asociada con abstinencia
sexual y celibato, esto es, con una autocastración simbólica. El afeitado de la
cabeza desempeña un rol oficial en el culto de la Gran Madre, y no sólo como
una señal de luto por Adonis ya que aquí, nuevamente, talar el árbol, cosechar
el grano, la descomposición de la vegetación, cortarse el cabello y castración
son idénticos. El equivalente en la mujer es el sacrificio de su castidad. Al
entregarse, la devota se convierte en propiedad de la Gran Madre y finalmente
se transforma en ella. Los sacerdotes de Gades (la moderna Cádiz), al igual que
los sacerdotes de Isis, se afeitaban la cabeza, y, de un modo desconocido por
nosotros, los barberos se contaban entre los sirvientes de Astarté.[13]

Al usar ropa
de mujer, algo que se sabe era practicado entre los galos, los sacerdotes
castrados de la Gran Madre en Siria, Creta, Éfeso, etc., y que aún se preserva
en el vestuario de los sacerdotes católicos de la actualidad, el sacrificio era
llevado al punto de la identificación (ilustración
15
). No sólo es el varón el sacrificado a la Gran Madre, sino que tambiénse convierte en su representante, en una mujer que usa sus vestidos. Ya sea que
sacrifique su masculinidad mediante la castración o la prostitución masculina,
sólo se trata de una variante. Los eunucos son, en tanto sacerdotes, también
prostitutas sagradas, ya que los kedeshim, al igual que las kedeshoth
o prositutas sagradas femeninas, son representantes de la diosa cuyo carácter
orgiástico sexual supera su carácter de fertilidad. Desde que estos sacerdotes castrados
desempeñan un rol principal en los cultos de la edad de Bronce en Siria, Asia
Menor e incluso en la Mesopotamia, encontramos las mismas presuposiciones al
trabajar en todos los territorios de la Gran Madre.[14]

Muerte,
castración y desmembramiento son los peligros que amenazan al amante juvenil,
pero éstos no caracterizan adecuadamente la relación que mantiene con la Gran
Madre. Si ella sólo fuera terrible, tan sólo una diosa-muerte, su
resplandeciente imagen carecería de algo que tal vez la convierte en más
terrible todavía y, a la misma vez, en infinitamente deseable. Y es que ella
también es la diosa que conduce a la locura y fascina, la seductora y la que
proporciona placer, la soberana hechicera. La fascinación del sexo y la orgía
de embriaguez que culminan en inconsciencia y muerte están inextricablemente
combinadas en ella.

Mientras que
el incesto urobórico significaba disolución y extinción, porque tenía carácter
total y no genital, el incesto en la etapa adolescente es genital y restringido
absolutamente a lo genital. Aquí, la Gran Madre se convierte por completo en
vientre, al igual que el joven amante se convierte por completo en falo, y el
proceso entero permanece enteramente en el nivel sexual.

De aquí que
el falo y el culto fálico vayan juntos con la sexualidad de la etapa
adolescente, y el aspecto letal de esta etapa aparece asimismo como el
asesinato del falo, esto es, como castración. El carácter orgiástico de los
cultos de Adonis, Atis y Tammuz, para no hablar del de Dionisos, forman por
completo parte de esta sexualidad. El joven amante experimenta una orgía de
sexo y el Yo se disuelve en el orgasmo, es trascendido en la muerte. En este
nivel, orgasmo y muerte van juntos, al igual que el orgasmo y la castración.

Para el
juvenil dios, con su Yo débilmente desarrollado, los aspectos positivos y
negativos de la sexualidad se encuentran peligrosamente cerca uno del otro.
Cuando, intoxicado, rinde su Yo y regresa al vientre de la Gran Madre,
regresionando a la etapa pre-yoica, él no está consumando el beatífico incesto
urobórico de la primera etapa, sino el éxtasis mortal de un inceso sexual
perteneciente a una etapa posterior, cuyo lema es: post coitum omne animal
triste
. Aquí la sexualidad significa la pérdida del Yo y ser dominado porla mujer, que es una experiencia típica, o más bien arquetípica, en la
pubertad. Ya que el sexo es experimentado como los todopoderosos falo y vientre
transpersonales, el Yo perece y sucumbe ante la suprema fascinación del no-Yo.
La Madre todavía es muy grande, el asiento del inconsciente está demasiado
cerca como para que el Yo resista la oleada de sangre.[15]

La Gran Madre
es una hechicera que confunde los sentidos y vuelve locos a los hombres. Ningún
adolescente puede resistirse a ella; él se le ofrece como falo. Ya sean
forzados a ello o, si no, dominados por la Gran Madre, los frenéticos jóvenes
se automutilan y le ofrecen el falo en sacrificio.

La locura es
un desmembramiento del individuo, al igual que el desmembramiento del cuerpo en
la magia de fertilidad simboliza la disolución de la personalidad.

Desde que la
disolución de la personalidad y de la conciencia individual pertenece a la
esfera de la Diosa Madre, la insania es un síntoma siempre recurrente de
posesión por ella o sus representantes. De este modo –y en esto radica su poder
a la vez mágico y terrible-, el joven arde en deseos incluso cuando está
amenazado de muerte, incluso cuando la consumación de su deseo signifique la
castración. La Gran Madre es por lo tanto la bruja que transforma a los hombres
en animales –tal como Circe, señora de las bestias salvajes, que sacrifica al
varón y lo desgarra. De hecho, el varón le sirve como animal, y sólo como eso,
ya que ella gobierna el mundo animal de los instintos, que vela por ella y su
fertilidad. Esto explica el teriomorfismo de los consortes masculinos de la
Gran Madre, sus sacerdotes y víctimas. Y ésta es la razón según la cual, por
ejemplo, los devotos masculinos de la Gran Diosa, quienes se prostituían en su
nombre, eran llamados kelabim [16], “perros”, y vistieran
ropas de mujer.

Para la Gran
Madre, el joven divino significa felicidad, gloria y fertilidad, pero ella
permanece eternamente infiel hacia él y sólo le retribuye con desgracias.
Gilgamesh le responde con firmeza a Ishtar ante sus artimañas seductoras (ilustración 16), cuando ella “alzó la
vista hacia la belleza de Gilgamesh”:



[¿Qué podré ofrecerte] a ti,
para poder tomarte en matrimonio?

[¿Podré ofrecerte aceite]
para el cuerpo, y vestidos?

[¿Podré ofrecerte] pan y
víveres?

[...] alimento para dioses,

[...] bebidas para la
realeza.

[.................................................................................]

[...si yo] te tomo en
matrimonio?

[Tú no eres otra cosa que un
brasero que se extingue] en el frío;

Una puerta trasera [que no]
evita el paso de las tempestades y los huracanes;

Un palacio que aplasta a los
valientes [...];

Un turbante cuya cubierta
[...];

Brea que ensucia a quienes
la utilizan;

Impermeable que deja que el
agua [lo atraviese];

Piedra caliza que [hace
saltar] el terraplén de piedra;

Jaspe [cuyo...] tierra
enemiga;

¡Un zapato que [pincha el
pie] a su propietario!

¿A qué amante has amado por
siempre?

¿Cuál de tus pastores te
complació [todo el tiempo]?

Ven, y por ti les pondré
nombre a tus amantes:



De...[...]...

A Tammuz, el amante de tu
juventud.

Le has ordenado lamentarse
año tras año.

Habiendo amado al pájaro
moteado de los rebaños,

Lo golpeaste rompiéndole las
alas.

En las arboledas está
sentado, llorando “¡Mis alas!”

Después amaste a un león,
perfecto en su fuerza;

Siete hoyos y siete cavaste
para él.

Luego amaste a un semental,
famoso en batalla;

El látigo, la espuela y la
fusta ordenaste para él.

Decretaste para él que
galopara siete leguas,

Tú decretaste para él que
bebiera del fango;

¡Para su madre, Sililí,
ordenaste lamentos!

Después amaste al pastor del
rebaño,

Que se cubría de cenizas
cada vez que lo reunía para ti;

Aún así lo golpeaste,
convirtiéndolo en lobo,

De modo que sus propios
ayudantes lo espantaron,

Y sus perros le mordieron
los muslos.

Después amaste a Ishullanu,
el jardinero de tu padre,

Quien te llevaba canastas
con dátiles todos los días,

Y que diariamente limpiaba
tu mesa.

Levantaste tus ojos hacia
él, y le dijiste:

“Oh, mi Ishallanu,
saboreemos tu vigor!

Estira tu ‘mano’ y toca
nuestra ‘modestia’!”

Ishallanu te respondió:

“¿Qué es lo que quieres
conmigo?

¿Acaso mi madre no ha
cocinado? ¿Acaso no he comido,

Como para que ahora tenga
que probar el alimento de la ofensa y las maldiciones?

¿Es que acaso la pared de
junco es capaz de proteger del frío?”

Cuando lo escuchaste decirte
esto,

Lo golpeaste y lo
convertiste en araña.

Lo colocaste en medio de
...[.];

Ahora él no puede
subir...tampoco puede bajar...

Si fuéramos amantes, me
tratarías como los has tratado a ellos
.[17]



Mientras más
fuerte se vuelve la conciencia masculina del Yo, más atento se muestra con
respecto a la naturaleza emasculadora, hechicera, mortal y pasmosa de la Gran
Diosa.






[1]
Harding, Woman´s mysteries.



[2]
Con el fin de evitar
malentendidos debemos dejar claro de una vez por todas que si a lo largo de
nuestra discusión hablamos de castración, nos estaremos refiriendo a una
castración simbólica, y nunca a un complejo de castración personalista  adquirido en la infancia y que hace
referencia concretista a los genitales masculinos.

La etapa del hijo-amante y su relación con la Gran
Madre posee un acento fálico; esto es, la actividad del adolescente está
simbolizada por el falo y su mundo está gobernado por el ritual de fertilidad.
De aquí que los peligros que lo amenazan con la destrucción estén asociados con
el simbolismo de una castración que fue a menudo realizada en un acto ritual.
Pero el simbolismo de la castración debe ser entendido en un sentido general,
incluso cuando su terminología se derive de la etapa adolescente fálica. El
simbolismo se encuentra tanto en las etapas pre-fálicas, como en las posteriores
etapas post-fálicas, masculinas y heroicas. Nuevamente, la ceguera que ocurre
en una fase posterior es una castración simbólica. El simbolismo de la
castración negativa es típico de la hostilidad del inconsciente hacia el Yo y
la conciencia, pero está cercanamente asociado con el aspecto positivo del
símbolo del sacrificio, que representa una entrega activa al inconsciente por
parte del Yo. Ambos símbolos –castración y sacrificio- están unidos en el
arquetipo de la rendición, que puede ser activa y pasiva, positiva y negativa,
y que norma la relación del Yo con el self en sus varias etapas de desarrollo



[3]
Esta visión prevaleció a través del mundo antiguo e incluso se encuentra en las
etapas posteriores de la cultura humana, esto es, en la leyenda judía y en la
literatura hindú.



[4] Erman, Die Religion der Äegypter,
p. 33.



[5] Ibid., p. 77.



[6] Roeder, Urkunden zur religion
des alten Aegypten
, p. 143.


[7] Kees, Götterglaube, p. 7.



[8] Erman, op. cit., p. 34.



[9] Ibid., p. 67.



[10] Kees, Götterglaube, p. 13.



[11] Seligman, Egypt
and Negro Africa
, p. 33.


[12] The Golden Bough (edición abreviada, 1951), p. 394.



[13] Pietschmann, Geschichte der
Phönizier
.


[14] Albright, From the Stone Age to
Christianity
.


[15]
Es un hecho característico el que los ritos de
iniciación en la pubertad siempre comienzan en este punto: la solidaridad
masculina ayuda a depotenciar a la Gran Madre. El elemento orgiástico tiene un
significado diferente en la psicología femenina durante esta etapa, pero no
podemos abordar este asunto aquí.



[16]
Pietschmann, op. cit., p. 233. Aunque otros investigadores (A. Jeremias, Das Alte Testament im
Lichted des Alten Orients
; F. Jeremias, “Semitische Völker in Vorderasien,”en Cantepie de la Saussaye, Lerbuch der Religionsgeschichte) no asocian
esta palabra con kelev, “perro”, pero conjeturan “sacerdote”, las
referencias a los sacrificios de perros en Isaías 66,3 hace probable la forma
canina de los sacerdotes.



[17] “The Epic of Gilgamesh,” trad. de
E.A. Speiser, en Ancient Near Eastern Texts, editado por Pritchard,
p.84.




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